Correcciones

Mayo 24, 2007 por conexionesdeloinconexo

Nunca dejamos de estar de examenes.

El martes tuve mi primer contacto del tipo arquitecto-promotor. Estoy haciendo un proyecto de dos viviendas entre medianeras para los padres de un amigo y quedamos para enseñarles la propuesta que he estado currandome toda una semana.

Es curioso, pero por un momento volví a la clase de proyectos, colgando los planos en la pared con un celo que no engancha contagiado de tu incertidumbre y tu titubeo. De repente, cada línea cada esquema, cada planteamiento, debe estar perfectamente justificado. No puedes salirte del programa.

El cliente se convierte en uno de los profesores más rudos que hayas podido tener jamás. Pues esta vez no está en juego que pases al siguiente curso o que apruebes una asignatura. Esta vez, es su dinero el que corre peligro.

Creo que se marcharon contentos, a pesar de que hay que hacer varios cambios. Es difícil saberlo pues no tengo más clientes para comparar y saber si ha ido bien la cosa o no, pero yo creo que estoy aprobado.

¡Habrá que esperar a que salgan las notas!

Al cruzar la puerta

Mayo 8, 2007 por conexionesdeloinconexo

Edgar se ha comprado un piso. No os diré lo que le ha costado. Os diré que tiene que vivir como mínimo 45 años más para considerarlo de su propiedad. Esto no es viento a favor para el comercial de su entidad financiera que, desesperado por conseguir esos objetivos que le imponen anualmente - le han dicho que si los consigue le regalan un viaje a Mallorca (!Guau que lujo!. Sobretodo teniendo en cuenta que él es de Manacor. ¡Rancios!)- y viendo que el patio cada vez está más feo -los clientes ya no ponen su dinero a plazo fijo, porque básicamente no tienen dinero que poner; ya no funcionan ni las ollas express gratis ni las tazas para tomar el té de las 16:00; lo de las tarjetas de crédito ya no resulta factible porque, cada vez más, la gente debe más que tiene; las cuentas nóminas tampoco son la panacea. ¡Joder! solo le entran a la oficina “mileuristas” que viven con sus padres – ha dado la hipoteca a Edgar, que ya ronda los 45 y tiene un problema cardiovascular debido a su sobrepeso “made in McDonald’s”.

Pero no quiero desviarme de Edgar, porque a pesar de todo, Edgar está feliz. Hoy le han dado las llaves de su piso y va a hecharle una primera ojeada ya que el piso lo compró sobre plano y desconoce totalmente cómo ha quedado. Llega al edificio de viviendas con cierta dificultad para encontrarlo, a pesar de la “gran comunicaión y fácil acceso” que le prometían en la inmobiliaria. No hay nadie en los alrededores. Ni un alma. No es para intensificar más la puesta en escena y darle un aire siniestro. Simplemente la urbanización es nueva, aun por acabar y como la mayoría de los planes parciales nuevos que proliferan últimamente, no hay ápice de sector terciario ni de equipamientos de ningún tipo.

El vestíbulo no está del todo mal. Las paredes estan revestidas con un granito que le recuerda a las piedras del rompeolas al que solía ir con su madre y su hermano mayor cuando entonces solo era un niño y apenas pesaba 20 Kilos. El suelo está concienzudamente pulido, casi resbaladizo, con un brillo homogéneo que le deslumbra al reflejarse el sol de la tarde. Se le ocurre que no durará mucho después de sufrir las mudanzas de tantos vecinos.

Apreta el botón del ascensor. No se enciende. Prueba con el otro ascensor. Tampoco. Deben estar aún desconectados. Esto le genera no solo un problema inmediato sino también a corto y largo plazo: su piso está en el onceavo piso de modo que más le valdrá que esto no se repita muy a menudo o tendrá que empezar a plantearse seriamente adelgazar. Duda entre si subir por las escaleras o darse media vuelta y volver otro día que funcionen los ascensores. Al cabo de unos minutos decide probar suerte y subir poco a poco.

La primera planta, a pesar de ser la de mas peldaños, la sube con cierta facilidad, hasta se entusiasma con la idea de que tampoco se encuentra tan mal. A mitad de la segunda planta, esa ilusión se desvanece por completo. Las sucesivas plantas se vuelven cada vez más duras. Las contrahuellas de los peldaños miden demasiado y cada peldaño se enfatiza más de lo que sus piernas son capaces de tolerar. Empieza a notar en exceso el bombeo de su corazón en el pecho. Sus reducidos ventrículos luchan por impulsar la sangre hacia las aurículas, que lanzan la sangre hacia las arterias del mismo modo que un globo a medio inflar expulsa el aire que lleva dentro. Quedan todavía tres plantas y su cuerpo esta a punto del colapso. Se detiene mientras maldice a las madres de todos los arquitectos proyectistas de rascacielos y de los instaladores de ascensores.

Las pulsaciones solo le bajan a 176 pero no quiere esperar más o de lo contrario no subirá las dos últimas plantas que le quedan así que reemprende el ascenso, pero esta vez mucho más lento. No quiere sufrir ningún ataque cuando no hay nadie para socorrerle, probablemente, en kilómetros a la redonda. Diez minutos después, consigue salvar el último escalón. Nunca se había alegrado tanto de ver un número colgado en la pared.

Después de recomponerse un poco y de recuperar las fuerzas en sus cuatro extremidades (los brazos han contribuido considerblemente a superar la escalada, impidiendo que Edgar pudiera caer, agarrando con fuerza al pasamanos de la barandilla) se adentra en el pasillo y busca  la letra de su piso. “11 C”. Se detiene ante la puerta de acceso. Edgar se da cuenta de que al cruzar esa puerta, comenzará una nueva etapa de su vida. Al contrario de lo que Víctor, su psicoanalista, decía (“hay que abrir nuevas puertas a pesar de desconocer lo que te espera tras de sí”), él ya sabe que hay detrás de esa puerta. Lo que le acojona de verdad, es desconocer si cabrá o no por ella. Edgar busca la llave por los bolsillos de sus pantalones y la introduce en el paño girándola con suavidad. La puerta se abre después de dar dos vueltas a la llave.

Finalmente, da el primer paso para atravesar el dintel de la puerta y cruzarla. En ese mismo instante una pinzada aguda y explosiva le atraviesa el cuerpo, como un rayo parte en dos una frondosa alcina al caer. Edgar sabe que el sobreesfuerzo que acaba de realizar le ha sentenciado; posiblemente una trombosis arterial; quizá una angina de pecho. Sus pupilas se contraen y, irónicamente hablando, su cuerpo cae en redondo.

Edgar solo tuvo un instante para pensar en algo antes de morir tras la puerta de su nuevo piso. No se le paso por la cabeza darle la razón a Víctor, pues tenía razón, no sabía que al cruzar la puerta se iba a morir. Tampoco pensó en que debería a ver dado media vuelta allí abajo, en el vestíbulo, y haber subido otro día, cuando funcionara el maldito ascensor. Ni siquiera hechó la culpa de su colapso coronario a los arquitectos del rascacielos ni a los técnicos de los ascensores, ni mucho menos a los más de mil Big Mac’s que pudo haber ingerido a lo largo de los últimos 5 años.

Edgar felizmente pensó: “Por lo menos, me he salvado de la hipoteca, y eso, no lo puede decir cualquiera”.

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Relatividad

Mayo 7, 2007 por conexionesdeloinconexo

Me sumerjo bajo el agua y empiezo a dar las primeras brazadas. Los movimientos en un medio que nos es hostil son más lentos, más pesados. Es una sensación similar a la que se tiene cuando sueñas que quieres correr y no puedes mover las piernas porque, en realidad, tu cuerpo está tumbado boca abajo y el colchón te impide desplazar las piernas adelante. Hacía días que no me tiraba al agua, hecho que agrava más esa sensación.

Los sonidos se ralentizan. Al igual que la luz. Es el fenómeno de la refracción. Las ondas cambian de velocidad cuando cambian de medio. El agua le pone cámara lenta a las cosas, al más puro estilo Matrix (no hay nada que la naturaleza no haya inventado ya). Y yo, como metido en uno de esos frames reduzco el ritmo de mis ideas, la velocidad de mis pensamientos. Si me despisto hasta se me olvida respirar. Una brazada, un metro de baldosas azules, un golpe de pies imaginándote las gotas de agua que escupen tras de sí, un metro de corcheras con forma de rosquilla, una respiración por el rabillo de la axila. Todo se vuelve más largo, más duradero; tiende a infinito.

Dicen que los peces no tienen más de cinco minutos de memoria. Pero es que, para ellos cinco minutos son demasiados recuerdos.

Refracció

¡Cuánta razón tienes!

Abril 24, 2007 por conexionesdeloinconexo

    “¡Qué fácil  es a veces!”. A ser feliz se refiere Pedro en su último post.

    No soy partidario de estos eventos históricos que más que recordar un momento histórico, una tradición perdida o un santoral inacabable escrito en minúsculas en la parte inferior de las casillas de nuestros calendarios, nos recuerdan lo vacíos que están nuestros bolsillos y nuestros cerebros, dicho sea de paso. No regalaba una rosa desde hacía… Buf, ni me acuerdo de la última vez. Pero ayer hice una excepción. Me colé entre las 11:00 y las 11:27 de la mañana para escaparme del trabajo y acercarme a la rambla de mi pueblo a comprar esa rosa. 4 euracos por una rosa! “No vale la pena!” pensé. Casi indignado por haber perdido la oportunidad de tener cuatro euros más en ese monedero viejo y desgastado que tiene tendencia a estar vacío, volví al trabajo con la rosa en la mano. Al menos volvía con la mano llena.

    Vuelvo a casa para comer. Abro la puerta. Montse está cocinando. Le doy un beso y le entrego la rosa. A pesar de que tampoco es muy afín a este tipo de celebraciones, ella también me esperaba con un libro envuelto en un papel que bien podría haber costado más que el libro. Ella sonríe, se pone contenta. Su mirada se vuelve un poco más brillante.

    Ahora pienso que 4 euros y el futuro cadáver de una rosa deshojada sobre el mueble de la sala de estar es poco a cambio de ese instante.

Ineficaz

Abril 23, 2007 por conexionesdeloinconexo

    Estoy harto de disimular!.

    Hacer ver que estas trabajando en el ordenador de tu trabajo demuestra la teoría de que los españoles sólo somos eficaces el 60% de nuestra jornada laboral. En este despacho, subimos la media!. Ahora recuerdo ese fragmento de “Niebla” de Unamuno (gracias Jordi por recomendarme ese libro entre cigarrillos, copas y risas) en el que el personaje tenía claro que las hormigas no son trabajadoras sino que aparentan estar ocupadas chocándose las unas con las otras formando ríos negros hacia la nada mientras se descojonan de nosotros. A nosotros nos pasa lo mismo; creemos que le estamos tomando el pelo a nuestro jefe con la ventana del Autocad abierta mientras detrás nos espera la ventana del Explorer con información sacada de internet que no voy a describir.

   Creo que no es a él a quien intentamos tomarle el pelo sino al mismo tiempo.

Un saludo a todos!

Abril 23, 2007 por conexionesdeloinconexo

    Ayer estaba de masía rural en muy buena compañía. Decidimos dar un paseo por la montaña. El pueblo estaba a solo un par de kilómetros y el camino era relativamente agradable y digo “relativemente” porque la parada en la plaza del ayuntamiento y la respectiva concentración de caramellas desvirtuó un poco el momento. Resulta fácil poner el dominguerismo en práctica. El caso es que nos cruzamos con otros paseantes y amablemente les saludé: ”Buenos días”, “hola”, ¿qué tal?”.

    Es increíble. Cuando voy algún día a correr por los caminos de las viñas de mi pueblo, si me cruzo con alguien, da igual quien sea, también saludo. Puedo estar a punto de morirme intentando hacerle recordar a mi cuerpo lo que parece empieza a olvidar y yo, ni corto ni perezoso, saludo. Ni con un conocido me tomaría tantas molestias. Mi madre me enseñó que es de mala educación no saludar aunque nunca me especificó a quién. Entonces, ¿por qué saludo sin ser estrictamente necesario?. Será que simplemente me gusta saludar.

    De modo que hoy no voy a ser menos. ¡Un saludo a todos!