“¡Qué fácil es a veces!”. A ser feliz se refiere Pedro en su último post.
No soy partidario de estos eventos históricos que más que recordar un momento histórico, una tradición perdida o un santoral inacabable escrito en minúsculas en la parte inferior de las casillas de nuestros calendarios, nos recuerdan lo vacíos que están nuestros bolsillos y nuestros cerebros, dicho sea de paso. No regalaba una rosa desde hacía… Buf, ni me acuerdo de la última vez. Pero ayer hice una excepción. Me colé entre las 11:00 y las 11:27 de la mañana para escaparme del trabajo y acercarme a la rambla de mi pueblo a comprar esa rosa. 4 euracos por una rosa! “No vale la pena!” pensé. Casi indignado por haber perdido la oportunidad de tener cuatro euros más en ese monedero viejo y desgastado que tiene tendencia a estar vacío, volví al trabajo con la rosa en la mano. Al menos volvía con la mano llena.
Vuelvo a casa para comer. Abro la puerta. Montse está cocinando. Le doy un beso y le entrego la rosa. A pesar de que tampoco es muy afín a este tipo de celebraciones, ella también me esperaba con un libro envuelto en un papel que bien podría haber costado más que el libro. Ella sonríe, se pone contenta. Su mirada se vuelve un poco más brillante.
Ahora pienso que 4 euros y el futuro cadáver de una rosa deshojada sobre el mueble de la sala de estar es poco a cambio de ese instante.

