Ayer estaba de masía rural en muy buena compañía. Decidimos dar un paseo por la montaña. El pueblo estaba a solo un par de kilómetros y el camino era relativamente agradable y digo “relativemente” porque la parada en la plaza del ayuntamiento y la respectiva concentración de caramellas desvirtuó un poco el momento. Resulta fácil poner el dominguerismo en práctica. El caso es que nos cruzamos con otros paseantes y amablemente les saludé: ”Buenos días”, “hola”, ¿qué tal?”.
Es increíble. Cuando voy algún día a correr por los caminos de las viñas de mi pueblo, si me cruzo con alguien, da igual quien sea, también saludo. Puedo estar a punto de morirme intentando hacerle recordar a mi cuerpo lo que parece empieza a olvidar y yo, ni corto ni perezoso, saludo. Ni con un conocido me tomaría tantas molestias. Mi madre me enseñó que es de mala educación no saludar aunque nunca me especificó a quién. Entonces, ¿por qué saludo sin ser estrictamente necesario?. Será que simplemente me gusta saludar.
De modo que hoy no voy a ser menos. ¡Un saludo a todos!
Mayo 6, 2007 a las 9:06 am
Tu madre se siente orgullosa de tener un hijo bueno, amable, trabajador y educado. “Pasión de madre”