Edgar se ha comprado un piso. No os diré lo que le ha costado. Os diré que tiene que vivir como mínimo 45 años más para considerarlo de su propiedad. Esto no es viento a favor para el comercial de su entidad financiera que, desesperado por conseguir esos objetivos que le imponen anualmente - le han dicho que si los consigue le regalan un viaje a Mallorca (!Guau que lujo!. Sobretodo teniendo en cuenta que él es de Manacor. ¡Rancios!)- y viendo que el patio cada vez está más feo -los clientes ya no ponen su dinero a plazo fijo, porque básicamente no tienen dinero que poner; ya no funcionan ni las ollas express gratis ni las tazas para tomar el té de las 16:00; lo de las tarjetas de crédito ya no resulta factible porque, cada vez más, la gente debe más que tiene; las cuentas nóminas tampoco son la panacea. ¡Joder! solo le entran a la oficina “mileuristas” que viven con sus padres – ha dado la hipoteca a Edgar, que ya ronda los 45 y tiene un problema cardiovascular debido a su sobrepeso “made in McDonald’s”.
Pero no quiero desviarme de Edgar, porque a pesar de todo, Edgar está feliz. Hoy le han dado las llaves de su piso y va a hecharle una primera ojeada ya que el piso lo compró sobre plano y desconoce totalmente cómo ha quedado. Llega al edificio de viviendas con cierta dificultad para encontrarlo, a pesar de la “gran comunicaión y fácil acceso” que le prometían en la inmobiliaria. No hay nadie en los alrededores. Ni un alma. No es para intensificar más la puesta en escena y darle un aire siniestro. Simplemente la urbanización es nueva, aun por acabar y como la mayoría de los planes parciales nuevos que proliferan últimamente, no hay ápice de sector terciario ni de equipamientos de ningún tipo.
El vestíbulo no está del todo mal. Las paredes estan revestidas con un granito que le recuerda a las piedras del rompeolas al que solía ir con su madre y su hermano mayor cuando entonces solo era un niño y apenas pesaba 20 Kilos. El suelo está concienzudamente pulido, casi resbaladizo, con un brillo homogéneo que le deslumbra al reflejarse el sol de la tarde. Se le ocurre que no durará mucho después de sufrir las mudanzas de tantos vecinos.
Apreta el botón del ascensor. No se enciende. Prueba con el otro ascensor. Tampoco. Deben estar aún desconectados. Esto le genera no solo un problema inmediato sino también a corto y largo plazo: su piso está en el onceavo piso de modo que más le valdrá que esto no se repita muy a menudo o tendrá que empezar a plantearse seriamente adelgazar. Duda entre si subir por las escaleras o darse media vuelta y volver otro día que funcionen los ascensores. Al cabo de unos minutos decide probar suerte y subir poco a poco.
La primera planta, a pesar de ser la de mas peldaños, la sube con cierta facilidad, hasta se entusiasma con la idea de que tampoco se encuentra tan mal. A mitad de la segunda planta, esa ilusión se desvanece por completo. Las sucesivas plantas se vuelven cada vez más duras. Las contrahuellas de los peldaños miden demasiado y cada peldaño se enfatiza más de lo que sus piernas son capaces de tolerar. Empieza a notar en exceso el bombeo de su corazón en el pecho. Sus reducidos ventrículos luchan por impulsar la sangre hacia las aurículas, que lanzan la sangre hacia las arterias del mismo modo que un globo a medio inflar expulsa el aire que lleva dentro. Quedan todavía tres plantas y su cuerpo esta a punto del colapso. Se detiene mientras maldice a las madres de todos los arquitectos proyectistas de rascacielos y de los instaladores de ascensores.
Las pulsaciones solo le bajan a 176 pero no quiere esperar más o de lo contrario no subirá las dos últimas plantas que le quedan así que reemprende el ascenso, pero esta vez mucho más lento. No quiere sufrir ningún ataque cuando no hay nadie para socorrerle, probablemente, en kilómetros a la redonda. Diez minutos después, consigue salvar el último escalón. Nunca se había alegrado tanto de ver un número colgado en la pared.
Después de recomponerse un poco y de recuperar las fuerzas en sus cuatro extremidades (los brazos han contribuido considerblemente a superar la escalada, impidiendo que Edgar pudiera caer, agarrando con fuerza al pasamanos de la barandilla) se adentra en el pasillo y busca la letra de su piso. “11 C”. Se detiene ante la puerta de acceso. Edgar se da cuenta de que al cruzar esa puerta, comenzará una nueva etapa de su vida. Al contrario de lo que Víctor, su psicoanalista, decía (“hay que abrir nuevas puertas a pesar de desconocer lo que te espera tras de sí”), él ya sabe que hay detrás de esa puerta. Lo que le acojona de verdad, es desconocer si cabrá o no por ella. Edgar busca la llave por los bolsillos de sus pantalones y la introduce en el paño girándola con suavidad. La puerta se abre después de dar dos vueltas a la llave.
Finalmente, da el primer paso para atravesar el dintel de la puerta y cruzarla. En ese mismo instante una pinzada aguda y explosiva le atraviesa el cuerpo, como un rayo parte en dos una frondosa alcina al caer. Edgar sabe que el sobreesfuerzo que acaba de realizar le ha sentenciado; posiblemente una trombosis arterial; quizá una angina de pecho. Sus pupilas se contraen y, irónicamente hablando, su cuerpo cae en redondo.
Edgar solo tuvo un instante para pensar en algo antes de morir tras la puerta de su nuevo piso. No se le paso por la cabeza darle la razón a Víctor, pues tenía razón, no sabía que al cruzar la puerta se iba a morir. Tampoco pensó en que debería a ver dado media vuelta allí abajo, en el vestíbulo, y haber subido otro día, cuando funcionara el maldito ascensor. Ni siquiera hechó la culpa de su colapso coronario a los arquitectos del rascacielos ni a los técnicos de los ascensores, ni mucho menos a los más de mil Big Mac’s que pudo haber ingerido a lo largo de los últimos 5 años.
Edgar felizmente pensó: “Por lo menos, me he salvado de la hipoteca, y eso, no lo puede decir cualquiera”.

Mayo 8, 2007 a las 5:31 pm
Menuda putada. Espero que Edgar no tuviera descendecia.
La hipoteca pa los hijos y pocos BIG MACS se podrian comer. Desde luego es una pena dejar de herencia a sus hijos primos o familias una hipoteca a 50 años. Lo siento, pero este es un tema que me preocupa. Aunque no sea algo de interés general.
Ya lo decía alguien del FMI creo, situacion insostenible de deuda a para las famílias. ¿por que sarkozy no es presidente tambien de todos los españoles?
Pues no estaria nada mal
Mayo 8, 2007 a las 6:26 pm
Joder!!
Yo espero q no me pase lo mismo cuando PORFIN pueda entrar en mi casa a 35 años hipotecada y súper esperada!!
Así q serà mejor cuidarse q el banco me lo agradecerá.
Mayo 8, 2007 a las 7:50 pm
Y yo de nuevo, espero que no me de nada antes del lunes. Los ataques de nervios estan prohibidos…
Mayo 8, 2007 a las 8:07 pm
JA!
será que el piso no le gustó.
Y Peter,
no vayas a los culumpios antes de venirte!
Mayo 9, 2007 a las 1:36 pm
Hola cielo!!!!!!!!!!!!!!!!
Acabo de entrar en este tu blog…. de echo es el primero que veo.. pero no he podido apenas leer tus conexiones de lo inconexo…. soy una mujer, ante todo FELIZ, pero también muy ocupada, y en estos momentos mi gran pequeño amor, ha desperatdo de su siestecita… y reclama mi presencia,.. por lo que debo dejarte por ahora… prometo visitar de tanto en tanto tu blog, y dejarte algun saludo… y miles de besos.